PANDEMIA, enfrentándola a la luz de Cristo

Editor’s note: on March 23, 2020, Professor Leopoldo Sánchez wrote the essay “Pandemic, Coping with It” in English for this website. Here he provides the essay in his own Spanish translation.

Este no es el momento ni el lugar para repetir las noticias ni repasar los efectos, en algunos casos devastadores, que el COVID-19 ha tenido en la vida de muchos en nuestras familias, iglesias, comunidades, lugares de trabajo en todo el país y el mundo entero. ¿Cómo afrontan los cristianos esta pandemia? He aquí algunas reflexiones.

Un llamado al arrepentimiento

La vida cristiana es una de arrepentimiento diario. Los cristianos han sido llamados a morir con Cristo para ser resucitados con él a una nueva vida. Esta realidad la recordamos sobretodo durante la temporada de Cuaresma. Cuando escuchamos y vemos que un gran número de personas sufren y mueren a nuestro alrededor, la respuesta apropiada es el lamento y el luto. El luto es nuestra forma de morir con Cristo en este doloroso momento. El arrepentimiento pasa a ser una profunda contrición por la realidad ineludible y universal que, como herederos de Adán, somos polvo y al polvo volveremos. Las pandemias nos hacen exponencialmente conscientes de este trágico estado de las cosas. El arrepentimiento nos llama a no evadir esta realidad, sino a enfrentarla y lamentarla. El lamento no es un fatalismo que entra en pánico, se desespera y se da por vencido ante la muerte. Los cristianos lloran, pero no sin esperanza. La Cuaresma nos lleva a la Pascua, la muerte nos pone a la espera de la resurrección. Como herederos de las promesas de Dios de una nueva vida en Cristo resucitado, somos llamados incluso en los peores momentos a tener esperanza en la liberación del Dios que resucitó a Cristo de la muerte. Esta esperanza contra toda desesperanza es una confianza audaz en las promesas de Dios, y es más necesaria que nunca proclamarla y compartirla precisamente ahora que las noticias trágicas acaparan los medios de comunicación masiva y los efectos del virus amenazan robarnos la esperanza. En estos tiempos dolorosos, tome tiempo para la confesión y la absolución, para la contrición y el perdón, para el lamento en vista de la esperanza.

Un llamado a la vigilancia

La vida cristiana no es fácil. Es un viaje peligroso por el desierto, donde el maligno ataca y tienta a los hijos e hijas de Dios. Los tiempos de crisis nos hacen especialmente conscientes de nuestras vulnerabilidades a tales ataques espirituales. Entonces debemos estar atentos, mantenernos vigilantes. Las tentaciones pueden llevar a que la persona fatalista, que se desespera ante cualquiera tragedia, dude de las promesas divinas de protección, provisión y vida. Pero el enemigo también puede tentar fácilmente a la persona perfeccionista, que pone demasiada confianza en su propia salud, recursos y poder, ignorando o minimizando la gravedad de la presente prueba. La confianza audaz en las promesas de Dios nos lleva a la fe en Cristo y sus palabras de vida. Esta confianza no es lo mismo que la arrogancia. No es una visión triunfalista de las cosas que en nombre de la autoconfianza aligera o coquetea con el peligro. Sin embargo, en estos tiempos de tentación, a los cristianos se les recuerda que el desierto en la narrativa bíblica también es el lugar de la presencia de Dios, el lugar de prueba donde Dios mismo nos refina para ser resistentes, perseverar y mantenernos firmes en sus promesas cuando las cosas se ponen difíciles. Estamos en el desierto, pero no estamos solos. El Espíritu de Dios nos acompaña y nos guía. Este no es el momento para ser fatalista ni para ser un superhéroe espiritual. Es un momento para anclarse solo en Dios como nuestro único oasis en el desierto, y así crecer en nuestra confianza en sus misericordias a través de la oración y la Palabra. En estos tiempos de tentación y prueba, tome tiempo para invocar al Espíritu Santo en oración para que éste lo proteja de todos los ataques del diablo y para que lo guíe y fortalezca en la Palabra de Dios.

Un llamado al sacrificio

La vida cristiana es una de conformidad a Cristo en su sacrificio, en su entrega a los demás incluso hasta la muerte. Los tiempos de sufrimiento ponen en tela de juicio la noción popular de que ser cristiano es ser feliz y próspero. Realmente, en lo que concierne al prójimo, se trata de sacrificarse gozosamente por los demás. En estos tiempos duros, el sacrificio puede tomar diferentes formas. Algunos están atendiendo valientemente a pacientes enfermos con el virus, a veces arriesgando sus propias vidas. Muchos están aprendiendo que, en tiempos de pandemia, sacrificarse por otro, por extraño que parezca, significa también quedarse en casa y mantener una distancia prudente de los vecinos para no ponerlos en peligro. Este no es el momento para proponer alguna versión individualista de la libertad sin preocuparse por los demás, sino más bien un momento para aprender de nuevo que la libertad cristiana es, en última instancia, una libertad que se orienta al bien de los demás. En tiempos de crisis, sacrificamos algo de nuestra libertad personal para así dar espacio a los vecinos más necesitados entre nosotros. Aprendemos a asumir la forma de Cristo el siervo y ponemos los intereses de los demás antes que los nuestros. Pero recordemos también que las pandemias nos hacen a todos vulnerables, no solo físicamente, sino también emocional y espiritualmente. Por esta razón, debemos ser honestos y admitir que la iglesia es una comunión tanto de dadores como de receptores de generosidad divina. Por nuestra unidad en Cristo, vivimos en comunión unos con otros y, por lo tanto, compartimos tanto las cargas como los gozos de los demás. ¿Qué alegrías puedes compartir con otros en este momento? Quizás el gozo de comer juntos en familia. Quizás la alegría de llevar medicinas a miembros ancianos de la comunidad. Por otro lado, ¿qué cargas pueden ayudarte otros a sobrellevar hoy en día? Tal vez necesitas una llamada telefónica de algún amigo para ver cómo estás enfrentando la soledad de estar encerrado en casa, o la ansiedad de no tener a algunos miembros de tu familia más cerca de ti. O tal vez necesitas una palabra de aliento de parte de personas que saben lo duro que estás trabajando para continuar sirviendo a personas de nuevas y creativas maneras, incluso en línea o a distancia. En estos tiempos de aislamiento, encontrar formas de compartir la vida en conjunto, con paciencia y gracia, es más importante que nunca.

Un llamado a la hospitalidad

La vida cristiana incluye la apertura al prójimo extraño en nuestras vidas, incluso cuando esta hospitalidad no es físicamente posible. Las pandemias nos hacen dolorosamente conscientes del gran número de vecinos sufrientes que nunca hemos conocido personalmente. Al oír de personas moribundas en lugares tan lejanos, como la China e Italia, y de nuestra propia vulnerabilidad ante la muerte, de repente nos damos cuenta de cuánto compartimos con estos extraños. En momentos como estos, nos acercamos un poco más, somos solidarios con estos prójimos lejanos, especialmente aquellos que son más vulnerables al virus. Pensamos en los ancianos, las personas que no tienen dónde dormir, los refugiados y los inmigrantes que buscan asilo, los pobres y marginados, y ahora también un número récord de subempleados y desempleados. ¿Qué puede hacer la iglesia para practicar y encarnar la hospitalidad para con los extraños en este momento de crisis? En algunos lugares, algunos están apoyando con pedidos a domicilio a restaurantes que han tenido que cerrar sus puertas. Otros están enviando donaciones a agencias de ayuda humanitaria. En tiempos de dificultad financiera e incertidumbre económica, es prudente concentrarse en las personas más cercanas a nosotros. Esto tiene sentido, y, sin embargo, la iglesia también está llamada a ejercer la hospitalidad en pro de aquellos que no viven tan cerca de nosotros, pero que aún necesitan nuestras oraciones y amor. En estos tiempos inhóspitos, no olvidemos extender en lo posible nuestro amor por nuestros vecinos más cercanos a otros más lejanos.

Un llamado a la devoción

La vida cristiana es una de devoción a Dios en las buenas y en las malas. Fuimos creados para encarnar la devoción a nuestro Creador al ritmo del reposo y el movimiento, del descanso y el trabajo. Así como Adán fue creado para cuidar el jardín, Dios nos ha dado nuestros jardines, por decirlo así, para administrar sus dones en pro de nuestros prójimos. Dios continúa proveyendo a su mundo a través de muchos trabajadores que están haciendo todo lo posible para cuidar vidas en esta tierra. Reconocemos también que mucha gente anda ocupada pensando cuál será el siguiente paso que tomar ante el avance amenazante del virus. Ante la incertidumbre sobre lo que nos depara el futuro, nuestras mentes se llenan de dudas, miedo, ansiedad. Nos agobian tantos pensamientos que la mente no encuentra descanso en Dios. No nos damos el tiempo para recibir de Dios. Vivir en aislamiento puede darnos algo de tiempo para reposar y mantenernos saludables, para cuidar nuestras mentes y cuerpos; pero también nos da tiempo para ir a la montaña y pasar tiempo con Dios en oración, alabanza y acción de gracias. El jardín está lleno de espinas y cardos hoy en día. Por eso necesitamos retirarnos a la montaña, lugar de oración en la narrativa bíblica, y así no dejar que las ansiedades del momento nos roben nuestro tiempo con Dios Padre. Retirarnos a la montaña no para abandonar el mundo, sino para ser alimentado con la Palabra con el fin de enfrentar al mundo con nuevas energías. Las crisis nos absorben, nos quitan el gozo. Perdemos la capacidad de jugar, es decir de dar un paso atrás y regocijarnos en los dones de Dios, como los niños y las niñas juegan con alegría en parques coloridos, llenos de juegos, comidas y bebidas. En tiempos de inquietud, somos llamados a jugar en el patio de la creación que Dios nos ha dado: toque su guitarra, disfrute de una bebida, riegue las plantas del jardín, póngase al día con amigos por teléfono. Cuando parezca que el mundo se está acabando, tome tiempo para rezar, dormir un poco más y cantar, tocar o escuchar alguna vieja canción favorita. Estos son actos de esperanza desafiante ante una situación desesperante, actos de fe audaz en el Dios de Jesucristo, que nos promete su cuidado y tiene todo el mundo en la palma de sus manos.

(Traducción por el autor del original en inglés, Pandemic, Coping With It.)

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